Dos objetivos estratégicos: imbuir dentro el orgullo de pertenencia y lograr fuera la satisfacción de los clientes y el reconocimiento social. Pero ¿por dónde empezar?
Para mi no hay duda: primero dentro.
Mi práctica profesional me ha convencido de que las empresas tenemos que reenfocar nuestra perspectiva tradicional si pretendemos pertenecer al futuro. No se trata de olvidar –al contrario-, simplemente se trata de abrirse para asimilar las nuevas realidades imperativas (demanda de credibilidad, exigencia de transparencia, sensibilidad social, necesidad de sentirse felices en el trabajo) y poder cambiar de óptica antes de que sea tarde. Para subsistir hay que evolucionar.
La clave está en diseñar experiencias relevantes y positivas, equilibrando la importancia de los grupos de interés, para llevarlas a la práctica real -con todos- mediante acciones y comportamientos de empresa susceptibles de emocionarles y con el firme propósito de fortalecer su vinculación con nosotros.
En el caso interno, vincular significa saber ganarse el compromiso de los trabajadores; es decir, aprender a producir lealtad. En el caso de los clientes, fortalecer su vínculo significa aprender a fidelizar; es decir, lograr ganarse adeptos leales a la marca (Friends Relationship Management).
Dice Luis Abril que, hoy, “las empresas están sometidas al escrutinio público de numerosos actores” –obvio-, pero en este escenario, salvo a quienes hacen oídos sordos, a nadie se nos escapa la crucial importancia que cobran los grupos de interés y muy especialmente los trabajadores, principal activo; al menos por tres razones: tienen una visión privilegiada de la empresa para la que trabajan y su perspectiva es insustituible para saber, dependemos de su compromiso y no en vano -como se ha dicho hasta la saciedad- son los primeros embajadores de la marca, pues son quienes afrontan todos y cada uno de los momentos de la verdad, lo que equivale a decir que son los principales productores de percepciones en clientes, proveedores, colaboradores, socios estratégicos, inversionistas, competidores, reguladores, medios de comunicación o, por decirlo de una vez, en la sociedad.
La imagen que tenemos de una empresa, su reputación, se basa en el diálogo emocional, no en palabras ni arengas ni discursos, nuestra percepción se ciñe a los hechos, se genera en la vivencia, se fundamenta en nuestra experiencia personal –buena o mala, pero nunca neutra porque lo que deja indiferente no crea huella, es nocivo en términos de establecimiento de relaciones; nos lleva al desinterés, al olvido-.
La comunicación, es decir, el comportamiento, juega aquí un papel esencial, no solo para informar, sino para contextualizar siempre y cuando antes haya sido capaz de alinear en la misma dirección a todos los actores organizativos.
Algunos empresarios, CEO y directivos, quizá los más sensibilizados por la importancia de la gestión de los intangibles, ya lo han comprendido y han posibilitado que en sus empresas se empiece a recuperar el papel central que todas las personas de la organización tienen en la consecución de los resultados. Otros siguen dando tumbos de un lado a otro, de decisión en decisión, mudando planes, cambiando modelos, desdiciéndose, echando balones fuera a la espera del milagro y rezando –o practicando vudú- para que los vientos de la crisis amainen.
También en materia de intangibles hay una distancia enorme entre pequeñas y medianas empresas y las grandes corporaciones. Mientras que las treinta y cinco y las cotizadas suenan y marcan tendencias, incrementando su interés en la gestión de personas como pieza esencial de su estrategia, la mayoría de las PYME siguen engañándose, pues desinvertir en personas es, a la larga, descapitalizarse.
No digo que no haya que pensar en los resultados, ¡al contrario! Afirmo que a los resultados sostenibles se llega gestionando la lealtad interna. Y a la lealtad se llega estableciendo las bases para la confianza, que es como se gestiona el compromiso y se gana la reputación. Primero dentro; luego fuera. Nunca al revés.
No me cabe duda, a la organización hay que escucharla a través de sus voces internas, que son las que mejor pueden hacer audibles los clamores externos.
A riesgo de repetirme, diré lo que afirmé en otras ocasiones:
“La cultura de empresa sintetiza la visión, la misión y los valores de la empresa, trilogía que expresa las aspiraciones de quienes respaldan a la organización, entendida como una unidad económica y aspiracional, que cobra forma en el estilo de ser y de manifestarse de todos cuantos participan en dicho proyecto, haciéndole cobrar vida.”
“En dicho proceso, la comunicación interna actúa como una presión cohesiva ejerciendo una fuerza centrípeta que obra la suerte de hacer converger en el mismo centro todos y cada uno de los vectores por los que la empresa transpira hacia el exterior. De no ser así, la pérdida de coherencia está garantizada y la inconsistencia será la primera amenaza. De ahí que la comunicación interna tenga un papel estratégico que reivindicar.”
Cees B.M. van Riel, ilustra magistralmente, en “The alignment factor: Leveraging the power of total stakeholder support”, cómo la comunicación crea valor y nos guía en la gestión del comportamiento organizacional, produciendo hechos que trabajan en pro de la coherencia y a favor de la reputación (percepción) para lograr un crecimiento sostenido, cuya base se fundamenta en la fortaleza del vinculo emocional que seamos capaces de crear con todos nuestros grupos de interés, empezando por los empleados.
“Alinear para ganar” saldrá a la venta en castellano el próximo 21 de mayo. Fue presentado en España el pasado día 19 en la EOI [vídeo 1:15:15]; al día siguiente, en el hotel Wellington, en petit comité, algunos privilegiados tuvimos la suerte de que se nos mostrara, también de la mano del autor, una obra enriquecida que les recomiendo leer encarecidamente.
© jvillalba
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6 comentarios
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27 abril 2012 a 9:11 am
jvillalba
Muchas gracias a Talæntia, Ismael Salgado, Blogosfera RRHH, Fernando Prado, Grupo ACTUAL, Luis Manuel, Jonathan Nouel, Toñi Picón, Begoña Viña, Catálisis Liderazgo, Jorge García Zavala y al Observatorio Europeo de Coaching por los RT. Saludos cordiales,
3 mayo 2012 a 1:55 pm
No quiero subvenciones ni ayudas económicas, quiero un trabajo
Alguno seguro que leerá “Alienar” en vez de Alinear pero es que algunos solo entienden lo que quieren entender.
Excelente artículo
4 mayo 2012 a 8:14 am
jvillalba
Aguda observación, José Félix, que comparto.
Aprovecho para animarte a seguir creando conciencia con tu blog, que resulta interesante ‘escuchar’.
Gracias por tu comentario.
4 mayo 2012 a 9:26 am
No quiero subvenciones ni ayudas económicas, quiero un trabajo
Gracias a ti
4 mayo 2012 a 9:39 am
No quiero subvenciones ni ayudas económicas, quiero un trabajo
El otro día leía lo siguiente en el libro “El Manantial” de Ayn Rand:
“La oficina de Roark había crecido hasta tener cuatro habitaciones. Sus empleados le querían. No se daban cuenta y les hubiera resultado chocante emplear la palabra amar para aplicársela a un patrón frío, inabordable, inhumano. Ésas eran las palabras que empleaban para describir a Roark, ésas eran las palabras que estaban acostumbrados a usar por todas las normas y. prejuicios inculcados en lo pasado; solamente trabajando con él llegaron a saber de la falsedad de esas cosas, pero por lo mismo no se podían explicar qué los ataba a su patrón.
No sonreía a sus empleados ni salía con ellos a beber. Se ajustaba tan sólo a la esencia de un hombre: a su capacidad creadora. En aquella oficina era preciso ser competente. No había alternativas ni mitigadas consideraciones, pero si un hombre trabajaba bien, no necesitaba
más para ganarse la benevolencia del patrón. Se la concedía no por afecto, sino por reconocimiento. Esto producía un inmenso sentimiento de propio respeto en los hombres de la oficina.”
¿Es más importante el llevarse bien con tus compañeros, tal y como te exigen actualmente en cualquier entrevista de trabajo, o trabajar bien y ganarse el respeto de tu entorno (normalmente se gana envidia)?
4 mayo 2012 a 11:37 am
jvillalba
Hola José Félix_
Como ni he leído la obra de Ayn Rand (Alisa Zinovievna Rosenbaum -Wikipedia-) ni he visto la película basada en su novela, no puedo entrar a cotejar impresiones ni matices.
Limitándome a la pregunta, considero que “todo” es importante: llevarse bien con las personas, compañeros o jefes o subordinados…; demostrar competencia en el puesto que uno desempeña –demostrarlo con resultados-; ganarse, por lo que uno hace y como se comporta (“obras son amores…”), la reputación/estima de con quienes convivimos y de quienes más nos importan y, por supuesto, tenerse respeto a uno mismo, que es la condición previa para todo lo demás.
Pero también es verdad que hay personas con las que no hay manera de entenderse; y por múltiples motivos.
Unas veces la barrera está en nosotros (es más fácil que la despejemos) y otras el “veto” (o sambenito) nos lo imponen los demás. En este caso la única opción es tener la certeza -y poseer evidencias- de que uno ha hecho todo lo posible –o más- para entenderse, colaborar y llevarse bien. No obstante, hay veces que no resulta posible y hay que admitirlo. Lo impone el principio de realidad.
Hay gente atravesada que ve en los demás una amenaza (es una forma de paranoia o de inferioridad); los hay que persiguen su propio beneficio (suelen ser tóxicos) a costa de cualquiera; hay quienes pretenden someter, “por su cara bonita” (autoritarios, acomplejados, egoístas…) a todo el que pueden; otros emplean el chantaje emocional (o conmigo –te quiero- o contra mí –no te quiero-), otros el rango o la fuerza (normalmente evidencia complejos), otros persiguen un pacto emocional de connivencia (cohecho), etc…
Cuando tenemos la certeza sobre nuestra conducta y méritos y hemos identificado las causas del rechazo, ¿merece la pena dejarse alienar; perder la propia identidad? Sin duda tiene un coste, seguramente elevado, por eso algunos transigen justificándose sobre la base de las servidumbres –que son muchas- a que estamos sujetos (en eso se basa el chantaje).
Tengo el convencimiento de que nuestros “enemigos” (opositores), si son nobles, si tienen objetividad, siempre nos respetarán por nuestro talante y en su fuero interno reconocerán nuestro saber hacer. Si no lo son, preferirán seguirse engañando a si mismos (ensoñación).
Saludos,