Cuando uno es muy joven cree que, quizá, podría aspirar a cambiar el mundo. Es una etapa de idealismo. Según se suceden los cumpleaños, llega un momento en el que, al igual que en la filosofía el realismo sucede al idealismo, uno se da cuenta de que aquella aspiración no estaba bien definida; se trataba de una ilusión adolescente y, tal vez -solo tal vez-, significaba un gesto de prepotencia. Así, el transcurso del tiempo le lleva a uno a reorientar el objetivo, proponiéndose influir en los más allegados, opción que actualmente ha cobrado mayor relevancia con el auge de las redes sociales capaces de proporcionar proximidad más allá del espacio, más allá del mismo tiempo; sin embargo no muchos obtienen el estatus de prescriptores. Entre tanto, y con el paso del tiempo, descubrimos que el verdadero objetivo puede que no sea diseñar o modificar el comportamiento de los demás ni mucho menos crear tendencias, sino edificar el propio estilo con independencia de grupos de presión y condicionantes.

¡Claro que sí! Subyace un pensamiento en lo que digo: creer que nuestra principal misión en la vida es construirnos como personas y hacerlo no solo de pensamiento, también mediante lo que hacemos y decimos; lo que no deja de ser un posicionamiento ideológico tan discutible como cualquier otro.

Así construyo mi modelo de comunicación –la comunicación en la que creo- y así dirijo mi práctica profesional, basándome en la libertad de la persona para elegir y decidir y postulando la ejemplaridad como garante de la influencia.

Visión

En el centro de mi modelo sitúo mi visión, que no es otra que “Reputar la comunicación en la empresa, como una palanca estratégica al servicio de la gestión de la lealtad, para de verdad ganarse la libre asunción del compromiso individual, el interés por integrarse y participar en un asunto del que interesa formar parte activa y el aprovechamiento de las contribuciones individuales y colectivas”. Desde esta perspectiva la comunicación interna es una fuente de producción de valor que tenemos la responsabilidad de hacer tangible.

Valores

De aquella visión declino los valores de la comunicación en la que creo. Pocos, no muchos; el principal, el respeto a la persona; que se encuentra al Norte. Al Este, el respeto a la sociedad, un eje que se continúa al Oeste para situar el compromiso social. Finalmente, al Sur, la lealtad consciente a la institución que sirvo, cuyo diálogo se abre en abanico trazando un arco con todos sus grupos de interés para orientarse al logro de beneficios sostenibles, que es su razón de ser.

A la hora de plantearme las actividades de campo de la comunicación, establezco los ejes de referencia que se inspiran en los mencionados valores: Credibilidad, tanto de la fuente como del emisor como del mensaje, demostrando coherencia entre el hacer y el decir (requiere memoria histórica); Interactividad porque la comunicación es diálogo; Multicanalidad toda vez que la realidad no es monocanal, la audiencia se conforma de microaudiencias y entre las personas prima la diversidad; Transparencia informativa en un esfuerzo de reducción de  ruido y aminoración de la ‘infoxicación’.

Misión

Visión y valores orientan la que entiendo es también mi misión: “La comunicación interna es una función transversal, al servicio de la estrategia, que tiene un objetivo explícito y alberga un propósito implícito: administra los flujos de información y de comunicación, contribuyendo a gestionar y a difundir el conocimiento organizacional, y trata de influir en sus públicos para generar actitudes leales y conductas alineadas con el pensamiento estratégico, la cultura y los objetivos de la organización.”

Paradigma

Con lo dicho creo mi círculo de la comunicación, un escenario que me sirve de referencia para fijar el posicionamiento de la CI en la empresa, definir su política, establecer su estrategia y concebir un plan que denomino de respaldo al negocio.

© jvillalba

 

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