Ya sabemos –por Weber Shandwick; entre otros estudios- que para un nutrido grupo de dirigentes las redes sociales no son un escenario de su especial gusto, sin embargo profesionales y directivos de menor calado se vienen incorporando a los medios sociales si bien, me parece que los segundos y en su mayoría, en calidad de lo que en los antiguos foros y listas de distribución denominábamos ‘sniffers’; o lo que viene a ser lo mismo, engrosando la categoría de ‘los que se apuntan’ o asumiendo el rol de ‘inactivos’ o de ‘espectadores’ o de ‘coleccionistas’ –sigo la terminología de Forrester-, siendo muchos menos los que crean, conversan o aportan un pensamiento crítico.

Participación y contribuciones en la web social conforman una imagen del usuario activo, suma de producciones que estimula percepciones a las que atribuimos un significado, en virtud de las cuales conferimos -al participante y/o contribuidor- una identidad que nos despierta determinada clase de reconocimiento y cuya síntesis deviene en un juicio reputacional –para bien o para mal- acerca del sujeto social que se proyecta, con más o menos consciencia, en La Red.

Por lo que parece, y a diferencia de numerosa participación espontánea, o no tan elaborada como hoy, en aquellos primeros tiempos de la popularización de La Red, ahora somos mucho más conscientes de que los espacios virtual y cotidiano están estrechamente relacionados e influidos, causa, quizás, de que prudencia y autocensura sean dos de las características predominantes en los medios sociales profesionales, en los cuales rigen -netiquette- la educación y el estilo conservador, además de recomendaciones específicas para cada red, pues se termina pagando un alto precio por los excesos y defectos en que alguien pueda incurrir.

No sé si debido a lo dicho, o si estará motivado por otras causas, pero lo cierto es que no son muchos los jefes a los que se les puede atribuir una producción propia que seguir, ocasionando de este modo una ruptura entre su identidad profesional interna y su falta de proyección profesional pública, impidiendo conocer hasta qué punto sus comportamientos -internos y externos- convergen.

¿Cómo repercute en mí que mi jefe manifieste silencio en la red en la que le sigo o que refiera generalidades o que se limite a recomendar artículos y producciones de otros? ¿En qué me podría beneficiar encontrarme con un discurso uniforme, enriquecido en el exterior mediante otros aditamentos o perspectivas; producido en el interior con diferentes matices y en profundidad? ¿No hay un elemento de conexión entre mis responsabilidades internas y mi visión hacia el exterior y sobre el entorno?

Hay trabajadores que son ‘fans’ de sus jefes; y sus jefes no se pronuncian en las redes verticales, sus índices de actividad únicamente se cargan con los contactos que viene autorizando o solicitando –poquitos-; tampoco figuran aportaciones en los grupos a los que se ha sumado. En conclusión, hay jefes sociales socialmente inactivos, silentes, mudos, inexpresivos.

¿Para qué agregar a los jefes? ¿Se toma por pelotas a los trabajadores que se cuentan entre sus followers? ¿Es lógico o no que el cuadro directivo esté inconexo en la misma red?

No es ya lo que se gane o se pierda o el tiempo que se invierta, sino lo que les conviene saber a los trabajadores en aras a la búsqueda de la congruencia, para afirmar sus fuentes del saber, reconstruir sus realidades y estar al tanto de lo que acontece en sus trabajos, en sus profesiones y en sus aledaños.

Creo, por tanto, que interesa monitorizar la actividad de los jefes en La Red, pues si la actividad de la empresa se consolida como una fuente principal para conocer su revestimiento social, con mayor razón no debe perderse –si existiera- el discurso público de los jefes, que, además de reputarles, ha de contribuir a reforzar y contextualizar el trabajo y las responsabilidades de quienes conforman su equipo. ¿No es la orientación externa la manera en la que se propone alcanzar el horizonte que se persigue y la que debe explicar toda suerte de medidas internas?

Creo, al fin, que los social media terminarán exigiendo de los directivos una nueva competencia en virtud de la cual, además de tener que ser capaces de labrarse un perfil público reputacional, se les pedirá que aprendan a usar la web social para ganarse el liderazgo interno que les exige su condición.

En un futuro no muy lejano, los directivos que no gestionen su identidad digital reducirán las posibilidades de acreditarse ante sus equipos y pondrán en un aprieto a las comisiones de nombramientos y retribuciones para revalorizarles en su estatus.

© jvillalba

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